Mordida por un perro en Bangkok

Sí, sé que suena fuerte. De hecho, mientras esperábamos en la sala de espera del hospital a que me pusieran la vacuna de la rabia, nos reíamos con lo bien que iba a quedar esta aventurilla en el blog. Obviamente ese comentario era una estrategia de Víctor para distraerme y que no me obsesionase demasiado con el hecho de que ¡me había mordido un perro en Tailandia!

¡Y funcionó! Aunque parezca mentira, en ese momento no estaba demasiado preocupada. Seguramente porque no era del todo consciente del problema de salud nacional que suponen los miles de perros vagabundos de merodean por las calles tailandesas en un país donde la rabia no está erradicada. Obviamente después de saber esto me puse paranoica.

IMG_20171105_210811918 (2)Pero lo cierto es que confiaba en la palabra de los dueños del animal que –decían- tenían sus vacunas al día. Al fin y al cabo era una familia adinerada que alquilaba una habitación por Airbnb y su perra me había mordido al entrar en su propiedad, como buena guardiana que era. Además, solo me había clavado un poco los colmillos como para avisarme de quien mandaba allí. Antes y después de “la mordidita”, su comportamiento había sido completamente normal.

Rápidamente, los dueños me llevaron a un hospital cristiano, por supuesto de pago, donde todo estaba limpio y el personal era competente. Eso sí, chapurreaban a duras penas inglés. Algo que nos ha sorprendido bastante, que pese a ser un país de turistas, los tailandeses tienen poco interés en aprender este idioma que, pese a quien le pese, es la lengua internacional. Bueno, sigo contando. Me lavaron la herida y me pusieron una vacuna de refuerzo contra la rabia. En una hora estaba todo arreglado. Pero de algún modo, este suceso había puesto un punto negro en nuestro  -hasta entonces- idilio con Tailandia.

DSC06516 (2)La relación no podía haber comenzado mejor. ¡Masaje tailandés gratis en honor al difunto rey! (God save the King!). Cuando vimos el cartel nos lanzamos como rapaces a ponernos en la cola. (Por todos es conocida la afición de los españoles por las cosas GRATIS). Aquel masaje, el primero de muchos de los que nos dimos en Tailandia, supo como el primer trago de cerveza después de un día de calor. ¡Gloria bendita! Es una experiencia sorprendente ponerse en manos de esos magos que te pegan una paliza con llaves de yudo y te dejan como nuevo.

Cuando conseguimos salir del ensimismamiento nos preguntamos qué narices tenía que ver que nosotros recibiéramos un masaje con un regalo al monarca. Pero en fin, allí la monarquía se vive con mucha pasión. Es de hecho una figura casi divina, compitiendo en popularidad con el propio Buda. Hay puestos callejeros dedicados únicamente a retratos del exmonarca y de su heredero. ¡Y se venden como churros! Es difícil encontrar una tienda o una casa que no esté presidida por sus imágenes. La ciudad está salpicada de bustos o cuadros con sus rostros. Algunos tan grandes como la fachada entera de un rascacielos. Y en el patio de un colegio, unas niñas representaban una especie de danza en honor a su majestad.

 

 

Por supuesto, el otro gran protagonista de Tailandia es el budismo. No solo por sus templos, sino porque la mayoría de personas practica de algún modo su religión a diario, bien con breves plegarias, bien con ofrendas de comida y bebida que depositan en las puertas de sus casas o en pequeños altares en sus salones. De vez en cuando visitan ellos también los templos budistas repartidos por todo el país. Pero son los menos, la mayoría son turistas cámara en mano dispuestos a fotografiar a diestro y siniestro todas las esculturas de buda, edificios de mil colores y algún monje despistado que merodee por ahí.

 

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Como muchas catedrales cristianas, los templos budistas son más lugares de peregrinación turística que lugares de culto. Al contrario que los monasterios budistas nepalís. Allí, los gompa son lugares muy tranquilos, alejados del barullo de la ciudad, donde los monjes y monjas hacen su vida entre paseos, estudios y rezos. Y el turista es un visitante silencioso al que invitan a su casa y que puede presenciar con respeto las ceremonias de oración. Pronto publicaremos una entrada sobre nuestra experiencia con el budismo.

Además de imágenes del rey y templos budistas, los otros grandes protagonistas de Tailandia son los puestos callejeros, sobre todo de comida. Hay que entender que allí hace calor todo el año. Nosotros lo visitamos en noviembre y estuvimos a 35 grados. Por eso viven de puertas para afuera. Muchos montan su tenderete en la puerta de su casa y venden sus artesanías. Otros muchos aprovechan la noche, cuando las tiendas cierran, para aparcar su furgoneta en la puerta, montar unas pocas mesas y encender los fogones. Y la mayoría espera hacer el agosto en los días de mercadillo, que son una o dos veces por semana. Y es que la comida es tan barata, que la gente siempre come fuera. Incluso muchos no tienen ni cocina en sus casas. ¡Ni falta que hace!

 

 

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La cocina tailandesa, además de sana, está riquísima. A nosotros nos tiene completamente conquistados. Para nuestro paladar ha sido un descubrimiento constante de sabores nuevos y combinaciones apasionantes. No hace falta siquiera ir a restaurantes. Los puestos callejeros ofrecen productos frescos y de calidad. Hay carnes y pescados a la brasa, platos al wok de pasta o arroz y batidos y zumos de frutas de todas las formas y colores. Algunos de estos cocineros ambulantes se esfuerzan en darle una vuelta de tuerca a las recetas clásicas y aportar su toque de innovación que normalmente da un resultado sublime. Nosotros todavía no estamos en ese punto, pero en el curso de cocina que hicimos, aprendimos algunos trucos y recetas: como a voltear los noodles en el wok sin que se nos caigan las verduras, a añadir más picante a curries explosivos acompañados de arroz bien apelmazado y a elaborar sopas en 5 minutos con sabores tan intensos que parece que hayan pasado horas a fuego lento.

 

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En Bangkok estos puestos callejeros ofrecen un paisaje muy peculiar, ubicados a las faldas de los imponentes rascacielos. Ambos representan las dos Tailandias. La que avanza al ritmo precipitado de la tecnología y la que se mantiene inmóvil desde hace décadas. Modernidad y tradición conviven en las mismas calles, creando paradojas visuales como un tendido eléctrico rudimentario en la base de un moderno edificio de cristal de 50 plantas.

 

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Bangkok cambia según el ángulo con el que se observe. Si miras al cielo verás siempre un avión procedente o de camino a uno de los aeropuertos con más tráfico del mundo. Un poco más abajo, las siluetas imposibles de sus rascacielos, de sus magnánimos centros comerciales y de trenes que circulan a 10 metros de altura. A ras de suelo, puedes encontrarte de todo. Pero por concretar, verás un tráfico de 10 carriles, un mercadillo ambulante infinito donde encontrar desde gadgets tecnológicos hasta Viagra y gente de todas las razas, estatus y preferencias sexuales. Y si decides mirar hacia abajo, puede que veas algún que otro animalillo escurrirse entre alcantarillas y puestos callejeros. Así que mejor, no prestes mucha atención al suelo mientras estás cenando.

Aunque la mayoría de los tailandeses no tienen ese problema, porque no levantan la vista de su teléfono móvil! En los vagones de metro o en los restaurantes ves siempre la misma estampa de gente atrapada en su pantalla de 5 pulgadas. Y no puedes evitar pensar que en España vamos por el mismo camino. Aunque sin llegar a los extremos de los asiáticos, que no pueden parar de mirar el móvil ni siquiera en la peluquería. Para lo que han inventado esta bata con una ventana transparente en el regazo, no vaya a ser que ¡o cielos! te llegue un mensaje de Whatsapp y no puedas leerlo.

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Por cierto, un dato curioso de los peluqueros es que tienen que ser tailandeses, no se permite ejercer a los extranjeros. Ya que para ellos, la cabeza es la parte más sagrada del cuerpo. Y esta no es la única profesión solo para tailandeses.

Bueno, volviendo a lo que no queremos copiar de Tailanda, es la repulsiva indulgencia a la prostitución. Está presente en todas partes del país, especialmente en las islas plagadas de turistas que vienen a pasar unas deshonrosas vacaciones. Se ven muchas parejas de esas que no pegan ni con cola, y jovencitas y transexuales que te invitan a pasar tiempo con ellas, a plena luz del día. Aunque la noche en Bangkok se lleva la palma. Especialmente en la zona de la Nana Plaza, que es un recinto con todo tipo de locales de striptease. Esta sí que es la viva imagen de la ciudad del pecado que se nos venía a la mente cuando imaginábamos la vida nocturna de la capital tailandesa. Allí todo es confuso. Los nombres de los locales contienen mensajes ocultos. Y las partidas de ping pong no se parecen al tenis de mesa. No sé deciros a qué se parecen porque en cuanto nos dimos cuenta de que estábamos equivocados acerca del tipo de espectáculo al que nos estaban invitando, nos dimos media vuelta. Ya sé que pecamos de pardillos, pero allí -como digo- todo es confuso. Por eso se esfuerzan tanto en dejar ciertas cosas claras.

 

 

Al margen de obscenidades, nosotros estábamos deseando ver algún espectáculo autóctono y vaya si lo vimos. Al día siguiente nos enteramos que los domingos en Bangkok se puede ver muay thai gratis en Channel 7 Stadium (a las 14.15h, por si alguno está interesado). Normalmente para ver estos combates hay que pagar un pico pero, como en este caso se retransmite por televisión, la asistencia es gratuita. Y de hecho, los extranjeros son especialmente bienvenidos, ya que nos pusieron a todos en la misma grada frente a la cámara. Se ve que le da un aire más internacional al deporte. Por lo demás, el ambiente es muy auténtico, con hombres gritando sus apuestas a mano alzada, la pequeña orquesta, los grupos de fans, el presentador y por supuesto, los luchadores, que se daban unas hostias como panes…

 

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Fue precisamente al volver del combate cuando me mordió el perro. Nos dio bastante “rabia” (lo siento, jeje, era nuestra bromita recurrente) y nos fastidió un par de días de playa. Pero nada más, todo solucionado. Nos fuimos a la isla de Koh Chang y el mar y la naturaleza nos curó todos los males.

 

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A la semana fuimos a Chiang Mai, al norte del país, donde nos espera un retiro en un monasterio budista, trekking en Chang Rai, un trayecto en barco por río Mekong hasta Laos, y quién sabe cuántas cosas más. Os las seguiremos contando.

Muchas gracias por leernos y cuidaros mucho.

Besos.

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